PRESEtrinidadNTACIÓN EN GRANADA, LIBRERÍA NUEVA GALA,  15 DE ENERO 2015 DE

“SETECIENTOS VERSOS PARA MAINDRA”  A CARGO DE TRINIDAD GAN

Tiene mucho facebook de nueva geografía urbana, sus encendidas y alborotadas paredes muestran una cascada de ventanas ajenas a las que podemos asomarnos, tras cuyos cristales esperamos encontrar un rostro que -conocido o no- sea cómplice, descubrir una voz nueva, hallar compañía en afinidades y sueños. Un día, una de ellas me dejó atisbar en el interior de una mirada abierta, la de Martin Torregrosa, conocer el libro que ahora tengo en mis manos y disfrutar de la oportunidad que este generoso poeta, sin conocerme más que en aquella lejanía de lo virtual, me da hoy de compartir con vosotros nuestro común amor por la poesía- esa palabra que siempre transparenta su esqueleto de imágenes y memoria, que guarda como trazo propio el fantasma de lo más humano-

Y ahora, estos son los trazos que yo he anotado en los márgenes del libro que os presento: “Setecientos versos para Maindra”

Ya desde la primera cita, de Mario Benedetti:

“Tengo una soledad/tan concurrida/tan llena de nostalgias”

el poeta nos señala desde qué mirada escribe, qué ventanas al interior de si mismo nos abre y qué paisaje –  de solitarios cuartos sucesivos y extrañamente habitados por ecos y recuerdo- vamos a encontrar sobre las páginas que leemos.

Pero en esos cuartos solitarios hay una luz, cenital e incandescente, que arremolina en torno a sí a las palabras, como multiplicadas y nocturnas polillas: el amor y su certera vocación de fuego inapagable. Atraídas por esa luz, las palabras se acercan para atrapar toda la fuerza de ese sentimiento devastador y universal. Aun a riesgo de consumirse con su cercanía, sabiendo que su quemadura hará las cenizas del poema, esas que va a dejar en las  manos de los lectores, mucho más fértiles.

Por eso el poeta da ese salto al vacío propio, al hueco de la ausencia de lo amado y se arriesga, en este libro, a iluminar el paisaje en llamas del amor.

Nos avisa Raquel Lanseros en la introducción:

“Sigue habiendo poetas valientes, capaces de asumir el riesgo que inevitablemente plantea un poema de amor. Incluso el riesgo aún mayor de un poemario de amor.   Martín Torregrosa López es uno de esos poetas. Su libro es un libro de amor abordado sin miedo a la repetición ni fatiga ante la vastísima tradición. Al contrario, Martín bebe abiertamente no sólo de las fuentes de la tradición que ama, sino también de otros poetas coetáneos. “

Y es bien cierto, osado en su tarea pero previsor también, el poeta, antes de dejar que las palabras iniciaran este vuelo suicida hacia el peligroso y brillante foco del amor, ha cargado las alas del poema con el agua necesaria y viva de la mejor literatura amatoria en castellano.

Así, ya en el primer poema, nos acerca el eco de las palabras de Miguel Hernández, comenzando este soneto con “Una carencia tengo de tus manos”,  haciendo luego que en los siguientes versos los pasos de la ausencia dibujen ondas en el estanque profundo de la palabra hernandiana y, en otro de los estupendos sonetos del libro, dejará temblando sobre el agua del instante escrito este verso de Lorca “No me dejes perder lo que he ganado”.                                                                                                                              Más adelante, veremos en algunos poemas entreverarse otros ecos y entenderemos cómo puede anclarte un recuerdo “si imaginas la savia de los árboles” repetida en la memoria de un verso de Josep Mª Rodríguez, cómo también el pasado revivido acaba convertido en territorio de olvidos hasta hacernos preguntar: “No sé qué fuerza, con tenaz porfía” en la voz de Rafael Morales con la que el poeta inicia los catorce versos de su entrega a la pasión, para luego  asistir a la caída de la noche recordando que, en palabras de Neruda “Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas”

y, al final de otros dos poemas, oíremos batir las alas del deseo,  levantando “el rumor sagrado de la vida”, fuertemente “para fundir la piel deshabitada” , en citas de Raquel Lanseros.

Como veis se torna cierto lo que anunciaba esa primera cita, aquello confirmado luego en un último poema  que combate la desolación del desamor justo desde las mismas palabras de Benedetti: una concurrida, multitudinaria soledad   -habitada por los ecos de las palabras leídas y amadas, vuelta carne desde los contradictorios fotogramas de un amor en flash back- alza el vuelo en las páginas de este libro.

Y el atrevimiento del poeta va más allá (o más adentro quizá) ya que no limita su búsqueda de espacio donde dejar volar el poema a este aire punteado por las luces de lo literario, sino que indaga en su memoria más desnuda. Hace todo un  ejercicio de equilibrio sobre el viento más crudo de la sinceridad emocional, incluso posando muchas veces la palabra escrita en el alero afilado de la herida íntima.

Balancea las alas del poema desde la oscuridad y el vértigo, ese lugar en que le ha colocado la ausencia de la amada, (“sin más red que el abismo temblando entre sus brazos” como nos confiesa), y después desde allí contempla como única respiración posible la reescritura del pasado (“yo sigo con mis manos /repoblando la noche/de ausencias infinitas”) hasta llegar al brillante faro en que reverbera todavía el cuerpo recordado, los mejores instantes del amor, aquellos en que, nos dice, “tu corrías hacia mi/aumentando el latido/ en las baldosas,/ yo esperaba en la sed / el agua de tu boca”.

Y, en este vuelo, la palabra en versos precisos se acerca y se aleja del fuego, dejando sobre cada poema su carga de luz, la lucidez que a cambio nos regalan las pérdidas, el hermoso hallazgo de  metáfora y ritmo, la sencillez de un verbo levantado por el poeta con el afán de compartir aún más su soledad.

Pero, ¿qué ocurre cuando la palabra, polilla ingenua cautivada por el resplandor intenso del objeto amado, traspasa la luz y toca el fuego?:      que la estrofa se transfigura anegada en el mar de la entrega pasional y     las páginas desgranan versos de alto contenido erótico y sensual                  ( porque también en este libro encontramos un erotismo cuajado de poderosas imágenes: “y dejas por mi torso/ un calambre/ de lenguas encendidas”, leemos, o   “y suéñame en la noche/ submarina /anclado como un náufrago/ en tus aguas”. Y sucede también  que esas alas se dirigen hacia nosotros desde las hojas que miramos, nos rozan con el aliento de los mejores, más dolorosos y vívidos poemas del libro, los más hirientes quizás pero también los que más desafían , como muestran estos versos, el desgarro de  la distancia: “Hoy quisiera replegar/como un bandoneón/todo el espacio/hasta juntar tu orilla/con la mía”, los versos que encaran la inevitable ceguera del tiempo: “Cómo decirle ahora que un día fuimos felices/que tuvimos un reino flotando en nuestra manos, / si ya no lo recuerdo.”

En el Epílogo, queda una voz herida convocando (como lo hizo antes en estas otras líneas (“Dime Maindra si lees este poema/ que aún escuchas mi corazón/quebrarse entre tus brazos”) a la amada, volcando su latido que resuena en el cuarto ahora vacío de memoria y fuego, y quedan unas manos, las manos del poeta sincero que nos acompaña, que ha logrado con su escritura achicar verso a verso el agua del recuerdo.

En un poema de mi libro “Fin de fuga” ( Contrafuga V), yo me hacía estas preguntas:

¿Qué voz le pongo al pliegue/de un labio que desea?

¿Qué vocablo al latido, /desbocado e insomne/de un corazón urgente?

¿Qué letras al amor,/ amor el innombrable?

Y, no hallando respuesta entonces, me decía:

“Retóricas preguntas: sospecho que he topado, irremediablemente, con la literatura”

Hoy sospecho que al leer “Setecientos versos para Maindra” estoy más cerca de encontrar respuesta a mis preguntas y que sí, me he topado, afortunadamente, con la literatura ( con su sabiduría, lucidez y consuelo), en la palabra poética e intensamente humana de este poeta amigo, Martín Torregrosa.

Trinidad Gan.

PRESENTACIÓN EN GRANADA, LIBRERÍA NUEVA GALA, 15 DE ENERO DE

“EL TREN DE LA LLUVIA” A CARGO DE  ANTONIO PRAENA

La dimensión ampraenaorosa de “700 versos para Maindra” encuentra en el segundo libro que hoy presentamos, “El tren de la lluvia”, su prolongación y su concreción en acto de compromiso. No se trata de aspectos ajenos el uno al otro sino que, por el contrario, se complementan y tienen un mismo eje vertebrador y generador. Ese eje es la emoción: la misma emoción, la misma capacidad sentiente y apasionada que el poeta apalabra en la experiencia amorosa es la que, por cauces literarios diferentes, se activa y se pone en camino cuando Martín Torregrosa mira el mundo que nos rodea y constata en él injusticias y desolaciones que, antes que llevarle al lamento lastimero, le impulsan al compromiso ético intelectual y creativo.

En efecto, afirma Martín, que “la poesía es una exigencia ética indeclinable para los poetas concibiendo consecuentemente el poema como un acto de concienciación. Ello es lo que encontramos en este libro: la vida como viaje, el ser humano como viajero de un tren solidario al que sube y del que bajan las historias de los hombres y mujeres más impares; un libro-tren en el que buscan un destino las utopías de quienes de otro modo no tendrían destino, que hace paradas en estaciones de muerte pero que, a pesar de todo, incluso a pesar de atravesar la incertidumbre de la niebla, continúa su marcha llevando a bordo no nuestra vida individual sino nuestra vida en el común espacio de los vagones, en el espacio que suma y tiene la responsabilidad de llevar unido a sí mismo el espacio de los vagones de las otras vidas, las otras historias, las esperanzas otras.

Como señala la acertada cita de Miguel de Unamuno que Torregrosa recupera para nosotros, “El escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad”. Y la humanidad por la que se interesa el poeta -como nos señala el oportuno y muy hermoso prólogo de Daniel Rodríguez Moya- no está en los artificios del lenguaje por el lenguaje: está en lo que no ha dejado de ser la realidad en todas las épocas por las que pasan los trenes, el dolor y la dureza, la explotación, la terrible decisión de salir en la noche en máquinas que se pierden en la niebla hacia futuros inciertos huyendo de presentes insoportables.

En este punto algo nos llama a adentrarnos un poco más en la personalidad del poeta que hoy nos visita y nos regala versos tan necesarios como actuales en los que emoción, denuncia y compromiso se imbrican con precisión de locomotora.

Y es que Martín Torregrosa ha experimentado en el texto de su propia vida estas experiencias que él ha convertido en poesía total: el compromiso social, las reivindicaciones de justicia de las clases desfavorecidas, la punzada incontenible que nos constituye en humanos y que es la palabra libertad.

Pasó los dos últimos años de la dictadura en Francia, junto a los republicanos exiliados; por lo tanto es conocedor del desarraigo de quienes fueron perseguidos y obligados a pedir exilio en otras patrias.

En la Francia de sus primeros años de juventud y de la bohemia, escuchó las canciones protesta de Paco Ibáñez o Bob Dylan. Pero sería en la década de los 80, durante su estancia en Suiza, cuando realmente el poeta toma conciencia de la realidad y la crudeza del día a día le lleva a una mirada y una voz sinceras. Allí colaboró durante más de tres años en periódicos de carácter sindical, tanto con poemas como con artículos. Participó de un modo activo de las manifestaciones que se llevaron a cabo en la capital de Berna a favor de la abolición del permiso del temporero que impedía la unificación familiar. Pasó toda la década de los 80 y principio de los 90 en Suiza siendo testigo directo de la emigración masiva y multirracial. Tuvo contacto con la clandestinidad de quienes lo arriesgaban todo en busca de un futuro mejor, convivió con los exiliados que llegaban huyendo de la guerra de los Balcanes, del Zaire y con algunos comunistas procedentes de países latinoamericanos.

Todas aquellas experiencias hicieron convulsionar en la conciencia del poeta su estado de rebeldía, y “un buen día bajó a la calle: entonces comprendió; y rompió todos sus versos” como Blas de Otero confiesa Martín.

El libro que hoy llega a nuestras manos no da por superada aquella indignación –que sigue siendo urgente- sino que la madura y la transforma en compromiso real y movilizador.

Por eso elude el poeta las torres de marfil, pues para Martín Torregrosa el ser humano está por encima de la poesía y la poesía debe estar al servicio del hombre, no el hombre al servicio de ésta.

Por ello, este libro es un tren, ya lo hemos dicho, y el avance de sus versos discurre hacia un norte, a un más arriba: vertical como hombre erguido, tenaz contra la noche. El movimiento del tren al que subimos esta tarde forcejea con el lenguaje para avanzar en coherencia con la dignidad que merecen quienes en el viajamos, que somos todos, intentando también acordar en sus versos el ritmo del universo, pues es la creación entera, la vida y el mundo, quienes reciben también la llamada a la luz y la justicia precisamente mediante la acción liberadora y dignificante del ser humano.

Los poemas de “El tren de la lluvia” no hablan desde el discurso frío, sino desde la cercanía y el pie de anden, desde la amistad con los obreros junto a quienes Torregrosa se sabe también obrero en la palabra: Yo he escuchado a los mineros / comido en sus fiambreras / estrechado las manos sudorosas / encallecidas de arrancarle las esencias a la tierra.

Por ello algunos versos de Martín nos recordarán al Miguel Hernández, Neruda o Blas de otero más humanos para llevarnos a versos en que la satisfacción de sentirse comprometido, el gozo que se anticipa ya en la esperanza le hace exultar con una ebriedad cercana a Claudio Rodríguez: No es fácil si te digo que andaría / por esta tierra si rozar el suelo.

Martín trata de aunar denuncia y júbilo para hablar con los clandestinos, con los exiliados, con las prostitutas, y beber –si no sabemos celebrar lo que creemos, sólo somos unos tristes cuervos cantores- el vino dulciamargo con sus amigos hasta embriagar la noche y amanecer en el poema.

Así lo expresa Daniel Rodríguez Moya en su prólogo: Martín Torregrosa nos devuelve la esperanza en que los poetas no han abandonado su oficio del todo (…) y saben que las palabras han sido despojadas de su sentido. Por eso tienen claro que ya es hora de empezar, otra vez, a devolverles su significado, a conducir el tren del lenguaje hacia una estación llamada dignidad.

 

Porque el tren de Torregrosa no viaja por el sueño, por la fantasía, por estaciones fantasma, por el discurso hermético; porque su acero transita por la vida, los andenes, las fábricas, las minas, los burdeles, las escuelas, las calles con nombre y número concreto. Porque somos las vidas que viajan en nuestro mismo espacio y somos todos los espacios ensamblados a nuestro vagón; porque somos todos nuestros abrazos de despedida y nuestros abrazos de bienvenida… nos identificamos con este libro.

El viaje es una forma de estar en el mundo. Nuestras vidas son los trenes que van a dar al mar, que es el vivir. Nuestra patria más estable es -quizá resida aquí el misterio- un movimiento que no cesa, una patria habitada por todos los que perdieron su lugar en el mundo.

La poesía es un tren porque no hay tren de un solo pasajero.

Porque el viajero es destino; porque el destino es futuro; porque el futuro o es común o no es futuro; porque ese futuro común redime todos nuestros tiempos, todos nuestros pasados –nuestro primer asombro- y todos nuestros presentes –que duele-; porque el presente es el lugar de la palabra o no hay palabra verdadera; señoras y caballeros, próxima estación, esperanza.

Antonio Praena.

ACERCAMIENTO AL POETA MARTÍN TORREGROSA

Hablar de Martín Torregrosa, es hablar de un poeta de gran calado social y humanista, su poesía, muestra la preocupación por el hombre de carne y hueso, frente a lo exótico y lejano, no le interesa tanto lo que el poema sugiere, si no, lo que éste comunica y transmite. Convencido de que tan solo a través del ejercicio honesto que dicta la conciencia se puede discernir entre el bien y el mal. Afirma Martín, que la poesía es una exigencia ética indeclinable para los poetas, y concibe el poema como un acto de concienciación y legítima defensa.
Bien sabe Martín de estos asuntos de la poesía social y el compromiso, de las luchas de clases y lo ancho y navegable que debe ser la palabra libertad, él pasó los dos últimos años de la dictadura en el país vecino, junto a los republicanos exiliados, por lo tanto es conocedor del desarraigo y el dolor de los que fueron perseguidos y obligados a pedir exilio en otros países.
Vivió en Francia sus primeros años de juventud, y la bohemia de aquel eslogan: “haz el amor y no la guerra” que tan de moda puso en los setenta el movimiento hippi, escuchó la canciones protesta de Paco Ibañez, Manuel Gerena, Bob Dylan…y se unió a los movimientos de izquierdas. Pero sería en la década de los 80, durante su estancia en Suiza, cuando realmente el poeta toma conciencia de la realidad, y una visión sincera le acerca a la crudeza del día a día. Allí se afilió al sindicato socialista y colaboró durante más de tres años en el periódico del órgano sindical, tanto con poemas como con artículos. Participó de un modo activo y fue parte de las manifestaciones más importantes que se llevaron a cabo en la capital de Berna, a favor de la abolición del permiso del temporero que impedía la unificación familiar. Pasó toda la década de los 80 y principio de los 90 en Suiza y se vio envuelto en una emigración masiva y multirracial. Tuvo contacto con la clandestinidad de quienes lo arriesgaban todo en busca de un futuro mejor, convivió con los exiliados que llegaban huyendo de la guerra de los Balcanes, del Zaire y con algunos comunistas procedentes de países latinoamericanos. Todo aquel amalgamado cóctel de circunstancias y situaciones, hicieron convulsionar en la conciencia del poeta su estado de impotencia y rebeldía, y como Blas de otero, “un buen día bajó a la calle: entonces comprendió; y rompió todos sus versos”. Confiesa Martín, que igual que Blas de Otero, él también bajó a la calle para hablar con los clandestinos, con los exiliados, con las prostitutas, y bebió el vino amargo con sus compañeros hasta enterrar la noche en el horizonte.
Leído su último libro, “Azul es el Color de los Desheredados”, descubrimos una poesía de actitudes humanas profundamente sentidas, poesía que no rehúye de los sentimientos y apuesta por el bien social. Elude el poeta las torres de marfil y se une a la inmensa mayoría que propugnaba Blas de Otero. Para Martín Torregrosa el ser humano está por encima de la poesía y la poesía debe estar al servicio del hombre, no el hombre al servicio de ésta.
Se apoya Martín en la generación del 36 y en poetas como Machado, Neruda o Vallejo. Nada tiene que ver su poesía con la de sus predecesores los Novísimos y posnovísimos, ni tan siquiera con la que cultivan una gran parte de sus coetáneos de generación, aunque en esta generación conviven autores a veces muy disímiles. Sí encontramos puntos convergentes con la poesía de “La otra sentimentalidad”, que proponían los poetas Granadinos: Luis García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador. A pesar de que Martín Torregrosa hace una poesía preferentemente social, frente a la de corte amoroso de los poetas granadinos, ambos coinciden en que revindican: una poesía realista, con un léxico coloquial, la búsqueda de la emoción y el interés por la crítica social.
Estamos ante un poeta que boga por el ser humano y su contorno, no por las florituras retóricas y adornos manidos. Para Martín “la poesía no puede descuidar la dimensión social del hombre. Éste debe comprometerse con su tiempo y debe llegar mediante su poesía a la colectividad. Para Martín la poesía es, comunicación, como propugna Vicente Aleixandre”.

Mónica Cerdán

Leído en el “acto literario con autores de Albox: pasado y presente”, por Mónica Cerdán, 2013.

HE LEIDO EL HIMNO A LA CLARIDAD DEL LIBRO “LAS PEQUEÑAS ESPINAS SON PEQUEÑAS”

  Imagen“A cambio de mi vida nada acepto. / Qué se puede ofrecer que valga más”. Por versos como estos, por poemas como el Himno a la claridad, bien merece nuestra atención la poesía. Acabo de leer este bello poemario de “Las pequeñas espinas son pequeñas”  de Raquel Lanseros y me he quedado anclado como un viejo roble a estos versos del “Himno a la claridad”. Imposible salir indemne como poeta de ellos, cómo escapar sin dejarse algún jirón de envidia, algún hilo emocional en su lectura, algún abrazo suelto que nos recuerde nuestra desnudez primigenia, los orígenes de toda transparencia. La sabia claridad de Raquel proyecta en estos versos su visión metafórica de la realidad, extiende aquí su luminosidad, su himno cadencioso que acampa como una profecía frente al cielo. La palabra poética de Raquel derriba con endecasílabos los muros de la inefabilidad. “Que nada nos detenga. La llama / del infinito debe obedecerse”.  Así de enérgica y de trascendental se muestra Raquel  en estos versos, soberana y dispuesta en su inquietud  nos anima y arenga a luchar contra el vacío que nos ocupa el alma tantas veces. Versos rotundos, intuitivos, contundentes como un mazazo a la intemperie. Auténtico desafío al tiempo, al hoy y ahora, un pulso en toda regla a la apatía liberada. Versos que rebosan vida hasta anegarse de luz en los caminos, versos que buscan el equilibrio, la constancia de ser y estar con la claridad que apuesta la conciencia. No al  arrebato, ni a  la  desbandada  que nos libera abandonando, no a “la lluvia que lava más que riega”, y sí a la que nutre y cala como los buenos poemas, no al estancamiento ni a darnos de bruces contra los famélicos que nos encumbran y espolean con su obstinación mercenaria. Versos de esperanza, donde Raquel nos convoca haciéndonos testigos del presente, conductores de nuestro destino. ”¿A qué esperáis? Encended los caminos, / que empapen bien los ojos. Recorredlos / mientras haya una lumbre en los pulmones”. Versos asidos a la esperanza, al sentimiento que atesora el recuerdo. Sabe escuchar Raquel sus pasos y los dirige hacia el futuro,  no desoye ni olvida a quien a lo lejos, con otros pasos y otro ritmo aun empuja las brasas de su juventud. Poema sencillamente sublime, cargado de connotaciones positivas que se aferran en “el destello arcilloso de la tierra”. Nos deja aquí Raquel la claridad más firme, bajo el himno más puro. “Sé que tengo sentido porque vivo, / y sé que no hay dolor ni menoscabo /  que pueda inmolar esta fortuna / de ser en el presente, de existir, / de sentirme el orfebre del instante”. Vida, vida rebosando en este poema de cadenciosas sílabas y versos bien medidos, optimismo en arte mayor hoy tan necesario.

LAS PEQUEÑAS ESPINAS SON PEQUEÑAS, DE RAQUEL LANSEROS

OBTUVO XXIX PREMIO JAÉN DE POESÍA  2013

HE LEIDO EL POEMA “LA BESTIA” DE DANIEL RODRÍGUEZ MOYA

Imagen  Leo el poema “LA BESTIA” de Daniel Rodríguez Moya y su lectura me traslada irremediablemente a las generaciones del 27 y 36, donde hice mis lecturas más enriquecedoras, después de su lectura viene bien hacer un recorrido generacional para situarnos antropológicamente, sobre una franja de tiempo que se desarrolló en dos vertientes paralelas, la de la poesía pura, y la de la impura.

Corría el mes de diciembre de 1927 cuando un grupo de amigos se reunían en el Ateneo de Sevilla para rendir tributo a Luis de Góngora, con motivo del tercer centenario de su muerte. Pocos pensarían en aquel momento que de aquella reunión surgiría una de las generaciones más importantes de poetas que ha dado este país, la generación del 27, toda una constelación de autores brillantísimos, que harían de su tiempo la llamada edad de plata y conquistarían para España el cuarto nobel de literatura con la obra de Vicente Aleixandre.

Esta generación supo integrar lo nuevo, lo culto y lo popular. Aceptan la herencia literaria y buscan la innovación en su primera etapa haciendo una poesía novedosa, deshumanizada, más en la línea Juanramoniana y gongorina. Esta generación fue la única  que como grupo compacto transitaría las dos vertientes que ha venido mayoritariamente polarizando la poesía desde la generación del 98, la poesía pura , que propugnaba Juan Ramón Jiménez, con una poesía deshumanizada, lejos de sentimentalismos, reducida a su esencia.

 En la otra vertiente, encontramos la poesía impura, la de Miguel de Unamuno y don Antonio Machado, que busca la humanización y el bien social. A finales de 1929 y aquí parece que coinciden todos, el grupo pasa a la otra vertiente, a la de la poesía impura que busca la humanización y el compromiso social. Fue aquí en esta vertiente impura donde Dámaso Alonso, con “HIJOS DE LA IRA” daría el puñetazo más firme –poeticamente hablando- que se halla dado en la generación del 27, dinamitaría los barrotes del soneto con un verso libre, coloquial, y desgarrado. 69 años después “HIJOS DE LA IRA” sigue más vigente que nunca y a él vuelven los poetas como Daniel Rodríguez Moya que creen la poesía social como medio para dignificar al ser humano.  Al hilo de esto viene como anillo al dedo recordar lo que en su día dijo González de Lama:

     “Es necesario repetir que la poesía es, ante todo, hombría. Y que vale más el hombre que el poeta. Y que están muy bien esos versos delicados y sutiles, hechos de imágenes bellas, de conceptos ingeniosos, de palabras cargadas de finas alusiones, de meliflua y sabrosa musicalidad. Pero todo eso se apaga cuando resuena la voz enérgica y poderosa que nos habla, o nos canta, o nos increpa, desde las más hondas oquedades del hombre mismo. No al hombre abstracto, al animal racional, sino a este hombre que vive y vibra… Dámaso Alonso ha humanizado la poesía y descubierto las realidades más hondas del hombre: la muerte y Dios. Lo habían descubierto ya los filósofos más vigilantes. Pero era necesario – para que el hallazgo fuera eficaz- que lo descubrieran los poetas.”

     “Por eso es apetecible hallar en la poesía moderna un poco menos de forma y un poco más de vida, menos metáforas y más grito. Menos perfección estilística y más vibración anímica. Vida, vida, vida. Que sin vida todo está muerto.”

 

La generación del 36 es la más emblemática y donde más divergen las opiniones a la hora de tratarla, incluso se ha cuestionado su existencia. -Cuestionar si existió  o no,  la generación del 36, es como cuestionar si existió o no, la guerra civil-. Esta generación con una larga lista de autores valiosísimos, es la que más marcada tiene la línea divisoria  de las dos vertientes  que vengo haciendo referencia, la pura y la impura, los autores de la vertiente pura, los llamados garcilasistas, poco o nada tienen ya  que ver con la poesía que proponía Juan Ramón Jiménez, o la novedosa y artística de la generación del 27. Santiago Fortuño hace la siguiente valoración:

        Los juicios que, a través de estos años, se han formulado sobre el Garcilasismo pueden servirnos para situar en su punto lo que supuso y supone hoy este movimiento poético de la inmediata postguerra. En general, se vierten sobre el mismo valoraciones desfavorables que se pueden sintetizar en el alejamiento de la realidad concreta que se vivía en la década de los cuarenta por parte de los temas excesivamente “dulzones” (la palabra dulce es clave en esta época) y un ropaje retórico y formalista mediante el cual el sistema político se expresaba. Se intentaba producir emociones, sentimientos fervientes (pathos) que conllevaban a la par una determinada cosmovisión e ideología, conformadores a su vez  de unas pautas de conducta (ethos).

Este grupo de poetas –eludo dar nombres- como bien dice Santiago Fortuño,  escribieron alejados del dolor, de espaldas a la realidad que se vivía en la España de postguerra, ignorando todo el drama humano que se padeció en aquellos años. los temas recurrentes, el amoroso, el paisajístico y un marcado existencialismo religioso. Sin entrar en tintes políticos, ni pasionales, es innegable su valía, la belleza rítmica y armoniosa que nos dejaron sobre todo en el molde de la estrofa italiana.

 

En la otra vertiente  de la poesía llamada impura, emerge un ramillete de poetas, de tal calado humano y social, que eclipsó, eclipsa y no sabemos  hasta cuando seguirá eclipsando la poesía de este país. –De Miguel Hernández dijo Leopoldo de Luis: fue como una flor en un peñasco no se volverá a repetir­-. Si antes hablaba de la importancia, del puñetazo que dió Dámaso Alonso, en la mesa de la generación del 27, los que asestaron Hernández, Celaya y Otero, -generación del 36, por nombrar algunos-,  con una poesía personalísima, comprometida, tremendamente viva y humanizadora, aun silva su eco entre nosotros. De esta generación en su vertiente impura dijo Ildefonso Manuel Gil, en el simposio de Syracuse, en 1968:

     “Quienes por entonces andábamos comenzando a escribir… Recibimos la influencia de toda aquella grandeza en el momento decisivo de la formación  de nuestra personalidad literaria…Nuestra participación en los hechos, a lo largo de 1930 y 1931, nos sacó del magisterio inmediato de la generación del 27, para llevarnos hacia Unamuno, hacia Antonio Machado, hacia Ortega, y nos apartó de la brillante y gozosa tentación del juego poético y literario, para acercarnos a la integridad del hombre de carne y hueso. Solidarios con éste, quisimos decir la verdad; responsables ante nuestra condición de escritores, quisimos decirla de la mejor manera posible.”

Esta generación supo ennoblecer la poesía, calar en el sentimiento humano, con una poesía más humanizada, frente al concepto de puritanismo. –Juan Ramón Jiménez dijo yo escribo como habla mi madre-. Estos poetas si que supieron escribir y sentir como habla el pueblo. Si en la generación del 27, de la mano de Vicente Aleixandre conquistó el 4 premio nobel de literatura para España, no fue menos la generación del 36, y de la mano de Camilo José Cela llegaría el 5 premio nobel.

 

 Una cosa no podemos omitir, refiriéndonos a estas dos generaciones, es el hecho de la contienda civil, no hay que olvidar que estas generaciones sufrieron los efectos violentos de la guerra, por lo que es normal que  tengan muchos puntos coincidentes a la hora de abordar y trasmitir la zozobra que se vivía. Coincido con los que dicen que la tragedia de la guerra civil, el dolor y la consiguiente pérdida de la democracia, creó un campo fértil para la poesía social, sin duda que ejerció cierto magnetismo sobre los poetas más comprometidos, incluso allende las fronteras. Pero una cosa no invalida la otra, y estas generaciones nos han dejado la poesía de más calado humano, profunda, comprometida, social y valiosa que se halla hecho en España.

     Después llegaría la generación del 50, los llamados hijos de la guerra, que siguieron el camino de sus predecesores cultivando  una poesía humana, social y solidaria, ésta ha sido una generación de poetas generosos y sufridores, asumieron el momento que les tocó vivir con una poesía conciliadora que tendió la mano a las dos Españas y supo denunciar la esclavitud del hombre subyugado al patrón y al temor, con un léxico accesible y coloquial.

     A finales de los sesenta y con aires de ruptura, llegarían de la mano de José María Castellet, la antología “Nueve novísimos poetas españoles”, -generación del setenta-, al principio parecía que iba  a ser la ruptura con lo heredado por parte de los más rebeldes, haciendo una poesía novedosa, lejos de sentimentalismos, enmarcada en ambientes refinados, haciendo exhibición de un bagaje cultural alto. Pero lejos de contagiar a sus coetáneos y expandir aquel modernismo del que hacían gala, esgrimiendo nuevos estilos, la realidad fue bien distinta y aquel amago modernista pronto quedaría ahogado en el intento. Sus autores con el paso de los años irían volviendo  a una realidad más sobria.

Hoy desde la distancia, lo que si podemos decir de esta generación, es que se produce una ligera difuminación de esa marcada línea de las dos vertientes, en referencia a la poesía pura e impura. Aunque  al principio se siguen haciendo visibles esas dos vertientes, son  bien distintas las entonaciones,  de un lado están los que buscan hacer una poesía más moderna y culta, -que bien podríamos llamar, poesía de autocomplacencia-, al otro lado están los que no comulgan con los postulados novísimos y continuaron haciendo una poesía más clásica, cultivando  el soneto y con ciertos tintes sociales.

 En su día, “José Olivio Jimenez, publicaba un artículo en la revista Ínsula, (número 288, 1970)  “nueva poesía española”, donde terminaba diciendo que la antología era “un episodio más de la juerga intelectual Barcelonesa”. También “Jiménez Martos hacía un  “panorama del año poético”  y lanzaba una punzante alusión a los jóvenes novísimos: el cernudismo, un tanto atenuado (cernudismo  blanco), así como la enseñanza de Pound y de su discípulo Eliot, junto con exquisiteces voluntariosamente decadentistas, ocuparán la orientación de algunos jóvenes poetas que, según se ha dicho y repetido quieren sustituir, han sustituido, la berza por el sándalo”.

      Cuarenta años más tarde son muchas las voces que se levantan en contra de la poesía que se ha venido  haciendo desde la muerte de Blas de Otero, -poesía pos Otero-. Hace unos días  en un acto literario decía Francisco Domene, “no he escuchado en todos estos mítines, discursos y protestas que desde el 15 M se vienen sucediendo ni una sola referencia a poetas u obras de estos últimos cuarenta años, y aunque en muchos casos se ha hecho una poesía literariamente correcta, esta ha resultado ser inútil y estéril”. Con el mismo tono se manifestaba Antonio Colinas, -uno de los poetas  afines a los novísimos-, en la entrevista realizada y publicada por Reinhard Human Mori, en el diario peruano Expreso, 2.IV.2010 y en la revista Ginebra Magnolia, 7-6-2011, donde dice en un pasaje de la entrevista: “Ya que estos años en España hemos tenido una poesía muy hueca, muy plana”.

     Escuchando las muchas voces que se levantan contra la poesía de estas últimas décadas y con la perspectiva  que nos da el tiempo trascurrido, lo que podemos percibir  de los novísimos, es que lejos de esa ruptura, o avance novedoso  que se anunciaba, lo que se produce es un estancamiento y la pérdida del camino que  trazaron y fueron evolucionando hacia una poesía más humanizada las generaciones precedentes y que como bien dice Juan Carlos Mestre, nunca se debió abandonar.

La generación  de los ochenta es conocida bajo el denominador común: “poesía de la experiencia”. Esta  generación, sin que se produzca una ruptura radical con la poesía que les precede, sí que va gestando una nueva forma de proyectar la poesía. Su sensibilidad lírica les acercará al sentir común de la contemporaneidad que les ha tocado.  Es una generación de autores muy disímiles  donde cada uno sigue su propio camino instintivo. A diferencia de los Novísimos que hacían gala de un exhibicionismo cultural y buscan en la metapoesía destilar el lenguaje a su más pura esencia. Éstos apuestan por lo cotidiano en un tono intimista y coloquial. En 1983, los poetas granadinos, Luis García Montero, Álvaro  Salvador y Javier Egea, -no comulgando con la generación que les precede, “los Novísimos”, ni con la etiqueta que les acuna bajo el umbral de “Poesía de la experiencia”-,  firmarán el manifiesto poético, “La otra sentimentalidad”, y defienden la necesidad de hacer una poesía más acorde a su tiempo, una poesía que no pierda el contacto con la voz de la calle y los sentimientos. En definitiva  se trataba de hacer una poesía más humanizada, con un léxico coloquial    que conecte con la colectividad. Estos poetas darán un paso atrás para apoyarse en las generaciones del 27, 36 y 50 tomando como guía los versos de Alberti, Gil de Biedma y Ángel González entre otros.          Cultivan una poesía de corte amoroso y aun que se interesan por la crítica social, ésta es ejercida casi siempre a través de artículos.

Treinta años más tarde,  ya en las generaciones presentes, Daniel Rodríguez Moya,  -generación 2000-, da un paso atrás para apoyarse en las mismas generaciones que en su día hicieron los firmantes de aquel manifiesto, “la otra sentimentalidad” y lo hace con mucha más contundencia y convención que lo hicieran sus paisanos, Daniel no quiere quedarse a medio gas y apuesta por una poesía que humanice y tome conciencia de la realidad del hoy. Bien sabe Daniel Rodríguez Moya que el poeta tiene el deber intransferible, moral y ético de ser el cronista social de su tiempo, el poeta no puede ignorar lo que sucede a su alrededor ni escribir de espaldas a la realidad. Se apoya Daniel en los versos de Dámaso Alonso, y vuelve  a rehumanizar la poesía con un verso de gran calado humano y social, poesía comprometida que ennoblece y dignifica.

En este arco de tiempo, la línea de las dos vertientes a las que he venido haciendo referencia, -poesía pura e impura-, a partir de los Novísimos se empieza a difuminar con una poesía – como dice Antonio Colinas- muy hueca, muy plana. Nos inunda estas últimas décadas una poesía de corte amoroso muy escorada al erotismo, poesía en muchos casos de autocomplacencia que no responde en nada al estado cronológico de nuestro tiempo. Pero cuando el poeta se interesa por el bien social, por la colectividad, por abordar los temas que preocupan al ser humano, ahí está la poesía impura, donde vuelven los poetas valientes que cantan desde las profundas oquedades del alma y donde vuelve Daniel Rodríguez Moya, con poemas como “La bestia”.

Fragmento del poema “La bestia”: Queda atrás Guatemala,/ Honduras, Nicaragua, El salvador,/ un corazón de tierra que late acelerado./ Las gentes congregadas muy cerca de la vía/ con un trago en la mano,/ el olor afritanga y a tortilla /como si fueran fiestas patronales,/ esperando el momento para subir primero,/ y no quedarse en el andén del polvo,/ montar sobre “la bestia”, en el “tren de la muerte”/ o esperar escondidos adelante,/ en los cañaverales,/ con un rumor inquieto./ Y esquivar a la migra/ para poder entrar/ en la parte delgada de los porcentajes,/ en el cuatro por ciento que, aseguran,/ llega al fin del trayecto más o menos con fuerza para cruzar el río./ Después habrá silencio durante todo el día,/ un silencio asfixiante,/ como un arco tensado que no escogió diana/ y una tristeza/ de funeral sin cuerpo/ y paz de cementerio./ Es mejor no pensar en las mutilaciones,/ en la muerte segura que hay detrás  de un despiste.   

 

El poema “La bestia” fué uno de los galardonados en los “premios del tren” 2010.

Pertenece al libro, “Las cosa que se dicen en voz baja”, editado por la editorial Visor 2013, con él que obtuvo  Daniel Rodríguez Moya, el ( XXXIX )  premio de poesía Ciudad de Burgos.

A VUELTAS CON EL CORTIJO DEL FRAILE

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LUGAR DONDE ACAECIÓ LA TRAGEDIA QUE INSPIRÓ “BODAS DE SANGRE”, DE FEDERICO GARCÍA LORCA

 

Que alguien me explique los motivos culturales, arquitectónicos o monumentales que posee el cortijo del fraile para que haya que expropiar y restaurar con dinero público dicho inmueble.

Acabo de leer una  de esas frases que sientan cátedra, soltada por  algún político de turno: “El cortijo del Fraile, debe ser el emblema de la cultura Andaluza del siglo XXI”.

Qué gran celebridad, qué gran frase, qué gran icono como referente unitario para ensamblar las palabras concordia, tolerancia, paz, intelecto, cultura y ese raciocinio distintivo, mesiánico, ecléctico y metafísico ante los hechos ahí ocurridos.  

Si esas cabezas pensantes, todo lo que se les ocurre ofrecernos a los Andaluces como icono representativo de la cultura Andaluza del siglo XXI, es restaurar cuatro paredes derruidas donde yace la sangre, la tragedia, el horror  de un crimen perpetrado contra un muchacho que su único delito fue enamorarse y querer vivir en paz con la persona amada, muchos están en la inopia más absoluta.

Pretender enarbolar ese desafortunado pretexto, de que aquí acaecieron los hechos que en su día inspiraron a Federico García Lorca, para escribir “BODAS DE SANGRE”, me parece cuanto menos  demencial, y encima querer erigir un museo con el dinero del pueblo, sobre la base de un crimen fruto de la intolerancia más machista dictatorial y caciquil.

A veces tengo la sensación de que estamos gobernados por una caterva insania de arrogante estulticia que poco o nada tiene que ver con la realidad más lógica y congruente con que asirse a la luz de la conciencia.

                                                                            MARTÍN TORREGROSA

UNA NOCHE EN VALDEPEÑAS

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La ciudad adormece ante el estambre de perdidos casares

y brisas que tamizan con la niebla de otoño  el aroma del cilantro.

Todo llega en la niebla, el farol, la avenida y esas rojas tinajas

que encorchan la pureza vertical de sus calles.

Gritan los edificios, el transeúnte corre mientras baila la aurora

en la esfinge arabesca de un bronce milenario.

Años de esclavitud, de cultivada hazaña y noble pensamiento

redimen por las viejas bodegas que duermen al calor de un vino remansado.

La calle buensuceso, recuerda que es noviembre y los gatos

caminan como negros meteoros sobre el charol del agua

que busca las cunetas en su función y témpora de ríos plateados.

Es de noche y las muchachas gritan, vocean desde el atrio

solemne de un templo renacentista.

Llueve copiosamente y gime el agua al golpe del paraguas que sostienen

los labios como antorchas del deseo.

 

(AZUL ES EL COLOR DE LOS DESHEREDADOS)