PRESEtrinidadNTACIÓN EN GRANADA, LIBRERÍA NUEVA GALA,  15 DE ENERO 2015 DE

“SETECIENTOS VERSOS PARA MAINDRA”  A CARGO DE TRINIDAD GAN

Tiene mucho facebook de nueva geografía urbana, sus encendidas y alborotadas paredes muestran una cascada de ventanas ajenas a las que podemos asomarnos, tras cuyos cristales esperamos encontrar un rostro que -conocido o no- sea cómplice, descubrir una voz nueva, hallar compañía en afinidades y sueños. Un día, una de ellas me dejó atisbar en el interior de una mirada abierta, la de Martin Torregrosa, conocer el libro que ahora tengo en mis manos y disfrutar de la oportunidad que este generoso poeta, sin conocerme más que en aquella lejanía de lo virtual, me da hoy de compartir con vosotros nuestro común amor por la poesía- esa palabra que siempre transparenta su esqueleto de imágenes y memoria, que guarda como trazo propio el fantasma de lo más humano-

Y ahora, estos son los trazos que yo he anotado en los márgenes del libro que os presento: “Setecientos versos para Maindra”

Ya desde la primera cita, de Mario Benedetti:

“Tengo una soledad/tan concurrida/tan llena de nostalgias”

el poeta nos señala desde qué mirada escribe, qué ventanas al interior de si mismo nos abre y qué paisaje –  de solitarios cuartos sucesivos y extrañamente habitados por ecos y recuerdo- vamos a encontrar sobre las páginas que leemos.

Pero en esos cuartos solitarios hay una luz, cenital e incandescente, que arremolina en torno a sí a las palabras, como multiplicadas y nocturnas polillas: el amor y su certera vocación de fuego inapagable. Atraídas por esa luz, las palabras se acercan para atrapar toda la fuerza de ese sentimiento devastador y universal. Aun a riesgo de consumirse con su cercanía, sabiendo que su quemadura hará las cenizas del poema, esas que va a dejar en las  manos de los lectores, mucho más fértiles.

Por eso el poeta da ese salto al vacío propio, al hueco de la ausencia de lo amado y se arriesga, en este libro, a iluminar el paisaje en llamas del amor.

Nos avisa Raquel Lanseros en la introducción:

“Sigue habiendo poetas valientes, capaces de asumir el riesgo que inevitablemente plantea un poema de amor. Incluso el riesgo aún mayor de un poemario de amor.   Martín Torregrosa López es uno de esos poetas. Su libro es un libro de amor abordado sin miedo a la repetición ni fatiga ante la vastísima tradición. Al contrario, Martín bebe abiertamente no sólo de las fuentes de la tradición que ama, sino también de otros poetas coetáneos. “

Y es bien cierto, osado en su tarea pero previsor también, el poeta, antes de dejar que las palabras iniciaran este vuelo suicida hacia el peligroso y brillante foco del amor, ha cargado las alas del poema con el agua necesaria y viva de la mejor literatura amatoria en castellano.

Así, ya en el primer poema, nos acerca el eco de las palabras de Miguel Hernández, comenzando este soneto con “Una carencia tengo de tus manos”,  haciendo luego que en los siguientes versos los pasos de la ausencia dibujen ondas en el estanque profundo de la palabra hernandiana y, en otro de los estupendos sonetos del libro, dejará temblando sobre el agua del instante escrito este verso de Lorca “No me dejes perder lo que he ganado”.                                                                                                                              Más adelante, veremos en algunos poemas entreverarse otros ecos y entenderemos cómo puede anclarte un recuerdo “si imaginas la savia de los árboles” repetida en la memoria de un verso de Josep Mª Rodríguez, cómo también el pasado revivido acaba convertido en territorio de olvidos hasta hacernos preguntar: “No sé qué fuerza, con tenaz porfía” en la voz de Rafael Morales con la que el poeta inicia los catorce versos de su entrega a la pasión, para luego  asistir a la caída de la noche recordando que, en palabras de Neruda “Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas”

y, al final de otros dos poemas, oíremos batir las alas del deseo,  levantando “el rumor sagrado de la vida”, fuertemente “para fundir la piel deshabitada” , en citas de Raquel Lanseros.

Como veis se torna cierto lo que anunciaba esa primera cita, aquello confirmado luego en un último poema  que combate la desolación del desamor justo desde las mismas palabras de Benedetti: una concurrida, multitudinaria soledad   -habitada por los ecos de las palabras leídas y amadas, vuelta carne desde los contradictorios fotogramas de un amor en flash back- alza el vuelo en las páginas de este libro.

Y el atrevimiento del poeta va más allá (o más adentro quizá) ya que no limita su búsqueda de espacio donde dejar volar el poema a este aire punteado por las luces de lo literario, sino que indaga en su memoria más desnuda. Hace todo un  ejercicio de equilibrio sobre el viento más crudo de la sinceridad emocional, incluso posando muchas veces la palabra escrita en el alero afilado de la herida íntima.

Balancea las alas del poema desde la oscuridad y el vértigo, ese lugar en que le ha colocado la ausencia de la amada, (“sin más red que el abismo temblando entre sus brazos” como nos confiesa), y después desde allí contempla como única respiración posible la reescritura del pasado (“yo sigo con mis manos /repoblando la noche/de ausencias infinitas”) hasta llegar al brillante faro en que reverbera todavía el cuerpo recordado, los mejores instantes del amor, aquellos en que, nos dice, “tu corrías hacia mi/aumentando el latido/ en las baldosas,/ yo esperaba en la sed / el agua de tu boca”.

Y, en este vuelo, la palabra en versos precisos se acerca y se aleja del fuego, dejando sobre cada poema su carga de luz, la lucidez que a cambio nos regalan las pérdidas, el hermoso hallazgo de  metáfora y ritmo, la sencillez de un verbo levantado por el poeta con el afán de compartir aún más su soledad.

Pero, ¿qué ocurre cuando la palabra, polilla ingenua cautivada por el resplandor intenso del objeto amado, traspasa la luz y toca el fuego?:      que la estrofa se transfigura anegada en el mar de la entrega pasional y     las páginas desgranan versos de alto contenido erótico y sensual                  ( porque también en este libro encontramos un erotismo cuajado de poderosas imágenes: “y dejas por mi torso/ un calambre/ de lenguas encendidas”, leemos, o   “y suéñame en la noche/ submarina /anclado como un náufrago/ en tus aguas”. Y sucede también  que esas alas se dirigen hacia nosotros desde las hojas que miramos, nos rozan con el aliento de los mejores, más dolorosos y vívidos poemas del libro, los más hirientes quizás pero también los que más desafían , como muestran estos versos, el desgarro de  la distancia: “Hoy quisiera replegar/como un bandoneón/todo el espacio/hasta juntar tu orilla/con la mía”, los versos que encaran la inevitable ceguera del tiempo: “Cómo decirle ahora que un día fuimos felices/que tuvimos un reino flotando en nuestra manos, / si ya no lo recuerdo.”

En el Epílogo, queda una voz herida convocando (como lo hizo antes en estas otras líneas (“Dime Maindra si lees este poema/ que aún escuchas mi corazón/quebrarse entre tus brazos”) a la amada, volcando su latido que resuena en el cuarto ahora vacío de memoria y fuego, y quedan unas manos, las manos del poeta sincero que nos acompaña, que ha logrado con su escritura achicar verso a verso el agua del recuerdo.

En un poema de mi libro “Fin de fuga” ( Contrafuga V), yo me hacía estas preguntas:

¿Qué voz le pongo al pliegue/de un labio que desea?

¿Qué vocablo al latido, /desbocado e insomne/de un corazón urgente?

¿Qué letras al amor,/ amor el innombrable?

Y, no hallando respuesta entonces, me decía:

“Retóricas preguntas: sospecho que he topado, irremediablemente, con la literatura”

Hoy sospecho que al leer “Setecientos versos para Maindra” estoy más cerca de encontrar respuesta a mis preguntas y que sí, me he topado, afortunadamente, con la literatura ( con su sabiduría, lucidez y consuelo), en la palabra poética e intensamente humana de este poeta amigo, Martín Torregrosa.

Trinidad Gan.

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