PRESENTACIÓN EN GRANADA, LIBRERÍA NUEVA GALA, 15 DE ENERO DE

“EL TREN DE LA LLUVIA” A CARGO DE  ANTONIO PRAENA

La dimensión ampraenaorosa de “700 versos para Maindra” encuentra en el segundo libro que hoy presentamos, “El tren de la lluvia”, su prolongación y su concreción en acto de compromiso. No se trata de aspectos ajenos el uno al otro sino que, por el contrario, se complementan y tienen un mismo eje vertebrador y generador. Ese eje es la emoción: la misma emoción, la misma capacidad sentiente y apasionada que el poeta apalabra en la experiencia amorosa es la que, por cauces literarios diferentes, se activa y se pone en camino cuando Martín Torregrosa mira el mundo que nos rodea y constata en él injusticias y desolaciones que, antes que llevarle al lamento lastimero, le impulsan al compromiso ético intelectual y creativo.

En efecto, afirma Martín, que “la poesía es una exigencia ética indeclinable para los poetas concibiendo consecuentemente el poema como un acto de concienciación. Ello es lo que encontramos en este libro: la vida como viaje, el ser humano como viajero de un tren solidario al que sube y del que bajan las historias de los hombres y mujeres más impares; un libro-tren en el que buscan un destino las utopías de quienes de otro modo no tendrían destino, que hace paradas en estaciones de muerte pero que, a pesar de todo, incluso a pesar de atravesar la incertidumbre de la niebla, continúa su marcha llevando a bordo no nuestra vida individual sino nuestra vida en el común espacio de los vagones, en el espacio que suma y tiene la responsabilidad de llevar unido a sí mismo el espacio de los vagones de las otras vidas, las otras historias, las esperanzas otras.

Como señala la acertada cita de Miguel de Unamuno que Torregrosa recupera para nosotros, “El escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad”. Y la humanidad por la que se interesa el poeta -como nos señala el oportuno y muy hermoso prólogo de Daniel Rodríguez Moya- no está en los artificios del lenguaje por el lenguaje: está en lo que no ha dejado de ser la realidad en todas las épocas por las que pasan los trenes, el dolor y la dureza, la explotación, la terrible decisión de salir en la noche en máquinas que se pierden en la niebla hacia futuros inciertos huyendo de presentes insoportables.

En este punto algo nos llama a adentrarnos un poco más en la personalidad del poeta que hoy nos visita y nos regala versos tan necesarios como actuales en los que emoción, denuncia y compromiso se imbrican con precisión de locomotora.

Y es que Martín Torregrosa ha experimentado en el texto de su propia vida estas experiencias que él ha convertido en poesía total: el compromiso social, las reivindicaciones de justicia de las clases desfavorecidas, la punzada incontenible que nos constituye en humanos y que es la palabra libertad.

Pasó los dos últimos años de la dictadura en Francia, junto a los republicanos exiliados; por lo tanto es conocedor del desarraigo de quienes fueron perseguidos y obligados a pedir exilio en otras patrias.

En la Francia de sus primeros años de juventud y de la bohemia, escuchó las canciones protesta de Paco Ibáñez o Bob Dylan. Pero sería en la década de los 80, durante su estancia en Suiza, cuando realmente el poeta toma conciencia de la realidad y la crudeza del día a día le lleva a una mirada y una voz sinceras. Allí colaboró durante más de tres años en periódicos de carácter sindical, tanto con poemas como con artículos. Participó de un modo activo de las manifestaciones que se llevaron a cabo en la capital de Berna a favor de la abolición del permiso del temporero que impedía la unificación familiar. Pasó toda la década de los 80 y principio de los 90 en Suiza siendo testigo directo de la emigración masiva y multirracial. Tuvo contacto con la clandestinidad de quienes lo arriesgaban todo en busca de un futuro mejor, convivió con los exiliados que llegaban huyendo de la guerra de los Balcanes, del Zaire y con algunos comunistas procedentes de países latinoamericanos.

Todas aquellas experiencias hicieron convulsionar en la conciencia del poeta su estado de rebeldía, y “un buen día bajó a la calle: entonces comprendió; y rompió todos sus versos” como Blas de Otero confiesa Martín.

El libro que hoy llega a nuestras manos no da por superada aquella indignación –que sigue siendo urgente- sino que la madura y la transforma en compromiso real y movilizador.

Por eso elude el poeta las torres de marfil, pues para Martín Torregrosa el ser humano está por encima de la poesía y la poesía debe estar al servicio del hombre, no el hombre al servicio de ésta.

Por ello, este libro es un tren, ya lo hemos dicho, y el avance de sus versos discurre hacia un norte, a un más arriba: vertical como hombre erguido, tenaz contra la noche. El movimiento del tren al que subimos esta tarde forcejea con el lenguaje para avanzar en coherencia con la dignidad que merecen quienes en el viajamos, que somos todos, intentando también acordar en sus versos el ritmo del universo, pues es la creación entera, la vida y el mundo, quienes reciben también la llamada a la luz y la justicia precisamente mediante la acción liberadora y dignificante del ser humano.

Los poemas de “El tren de la lluvia” no hablan desde el discurso frío, sino desde la cercanía y el pie de anden, desde la amistad con los obreros junto a quienes Torregrosa se sabe también obrero en la palabra: Yo he escuchado a los mineros / comido en sus fiambreras / estrechado las manos sudorosas / encallecidas de arrancarle las esencias a la tierra.

Por ello algunos versos de Martín nos recordarán al Miguel Hernández, Neruda o Blas de otero más humanos para llevarnos a versos en que la satisfacción de sentirse comprometido, el gozo que se anticipa ya en la esperanza le hace exultar con una ebriedad cercana a Claudio Rodríguez: No es fácil si te digo que andaría / por esta tierra si rozar el suelo.

Martín trata de aunar denuncia y júbilo para hablar con los clandestinos, con los exiliados, con las prostitutas, y beber –si no sabemos celebrar lo que creemos, sólo somos unos tristes cuervos cantores- el vino dulciamargo con sus amigos hasta embriagar la noche y amanecer en el poema.

Así lo expresa Daniel Rodríguez Moya en su prólogo: Martín Torregrosa nos devuelve la esperanza en que los poetas no han abandonado su oficio del todo (…) y saben que las palabras han sido despojadas de su sentido. Por eso tienen claro que ya es hora de empezar, otra vez, a devolverles su significado, a conducir el tren del lenguaje hacia una estación llamada dignidad.

 

Porque el tren de Torregrosa no viaja por el sueño, por la fantasía, por estaciones fantasma, por el discurso hermético; porque su acero transita por la vida, los andenes, las fábricas, las minas, los burdeles, las escuelas, las calles con nombre y número concreto. Porque somos las vidas que viajan en nuestro mismo espacio y somos todos los espacios ensamblados a nuestro vagón; porque somos todos nuestros abrazos de despedida y nuestros abrazos de bienvenida… nos identificamos con este libro.

El viaje es una forma de estar en el mundo. Nuestras vidas son los trenes que van a dar al mar, que es el vivir. Nuestra patria más estable es -quizá resida aquí el misterio- un movimiento que no cesa, una patria habitada por todos los que perdieron su lugar en el mundo.

La poesía es un tren porque no hay tren de un solo pasajero.

Porque el viajero es destino; porque el destino es futuro; porque el futuro o es común o no es futuro; porque ese futuro común redime todos nuestros tiempos, todos nuestros pasados –nuestro primer asombro- y todos nuestros presentes –que duele-; porque el presente es el lugar de la palabra o no hay palabra verdadera; señoras y caballeros, próxima estación, esperanza.

Antonio Praena.

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