HE LEIDO EL POEMA “LA BESTIA” DE DANIEL RODRÍGUEZ MOYA

Imagen  Leo el poema “LA BESTIA” de Daniel Rodríguez Moya y su lectura me traslada irremediablemente a las generaciones del 27 y 36, donde hice mis lecturas más enriquecedoras, después de su lectura viene bien hacer un recorrido generacional para situarnos antropológicamente, sobre una franja de tiempo que se desarrolló en dos vertientes paralelas, la de la poesía pura, y la de la impura.

Corría el mes de diciembre de 1927 cuando un grupo de amigos se reunían en el Ateneo de Sevilla para rendir tributo a Luis de Góngora, con motivo del tercer centenario de su muerte. Pocos pensarían en aquel momento que de aquella reunión surgiría una de las generaciones más importantes de poetas que ha dado este país, la generación del 27, toda una constelación de autores brillantísimos, que harían de su tiempo la llamada edad de plata y conquistarían para España el cuarto nobel de literatura con la obra de Vicente Aleixandre.

Esta generación supo integrar lo nuevo, lo culto y lo popular. Aceptan la herencia literaria y buscan la innovación en su primera etapa haciendo una poesía novedosa, deshumanizada, más en la línea Juanramoniana y gongorina. Esta generación fue la única  que como grupo compacto transitaría las dos vertientes que ha venido mayoritariamente polarizando la poesía desde la generación del 98, la poesía pura , que propugnaba Juan Ramón Jiménez, con una poesía deshumanizada, lejos de sentimentalismos, reducida a su esencia.

 En la otra vertiente, encontramos la poesía impura, la de Miguel de Unamuno y don Antonio Machado, que busca la humanización y el bien social. A finales de 1929 y aquí parece que coinciden todos, el grupo pasa a la otra vertiente, a la de la poesía impura que busca la humanización y el compromiso social. Fue aquí en esta vertiente impura donde Dámaso Alonso, con “HIJOS DE LA IRA” daría el puñetazo más firme –poeticamente hablando- que se halla dado en la generación del 27, dinamitaría los barrotes del soneto con un verso libre, coloquial, y desgarrado. 69 años después “HIJOS DE LA IRA” sigue más vigente que nunca y a él vuelven los poetas como Daniel Rodríguez Moya que creen la poesía social como medio para dignificar al ser humano.  Al hilo de esto viene como anillo al dedo recordar lo que en su día dijo González de Lama:

     “Es necesario repetir que la poesía es, ante todo, hombría. Y que vale más el hombre que el poeta. Y que están muy bien esos versos delicados y sutiles, hechos de imágenes bellas, de conceptos ingeniosos, de palabras cargadas de finas alusiones, de meliflua y sabrosa musicalidad. Pero todo eso se apaga cuando resuena la voz enérgica y poderosa que nos habla, o nos canta, o nos increpa, desde las más hondas oquedades del hombre mismo. No al hombre abstracto, al animal racional, sino a este hombre que vive y vibra… Dámaso Alonso ha humanizado la poesía y descubierto las realidades más hondas del hombre: la muerte y Dios. Lo habían descubierto ya los filósofos más vigilantes. Pero era necesario – para que el hallazgo fuera eficaz- que lo descubrieran los poetas.”

     “Por eso es apetecible hallar en la poesía moderna un poco menos de forma y un poco más de vida, menos metáforas y más grito. Menos perfección estilística y más vibración anímica. Vida, vida, vida. Que sin vida todo está muerto.”

 

La generación del 36 es la más emblemática y donde más divergen las opiniones a la hora de tratarla, incluso se ha cuestionado su existencia. -Cuestionar si existió  o no,  la generación del 36, es como cuestionar si existió o no, la guerra civil-. Esta generación con una larga lista de autores valiosísimos, es la que más marcada tiene la línea divisoria  de las dos vertientes  que vengo haciendo referencia, la pura y la impura, los autores de la vertiente pura, los llamados garcilasistas, poco o nada tienen ya  que ver con la poesía que proponía Juan Ramón Jiménez, o la novedosa y artística de la generación del 27. Santiago Fortuño hace la siguiente valoración:

        Los juicios que, a través de estos años, se han formulado sobre el Garcilasismo pueden servirnos para situar en su punto lo que supuso y supone hoy este movimiento poético de la inmediata postguerra. En general, se vierten sobre el mismo valoraciones desfavorables que se pueden sintetizar en el alejamiento de la realidad concreta que se vivía en la década de los cuarenta por parte de los temas excesivamente “dulzones” (la palabra dulce es clave en esta época) y un ropaje retórico y formalista mediante el cual el sistema político se expresaba. Se intentaba producir emociones, sentimientos fervientes (pathos) que conllevaban a la par una determinada cosmovisión e ideología, conformadores a su vez  de unas pautas de conducta (ethos).

Este grupo de poetas –eludo dar nombres- como bien dice Santiago Fortuño,  escribieron alejados del dolor, de espaldas a la realidad que se vivía en la España de postguerra, ignorando todo el drama humano que se padeció en aquellos años. los temas recurrentes, el amoroso, el paisajístico y un marcado existencialismo religioso. Sin entrar en tintes políticos, ni pasionales, es innegable su valía, la belleza rítmica y armoniosa que nos dejaron sobre todo en el molde de la estrofa italiana.

 

En la otra vertiente  de la poesía llamada impura, emerge un ramillete de poetas, de tal calado humano y social, que eclipsó, eclipsa y no sabemos  hasta cuando seguirá eclipsando la poesía de este país. –De Miguel Hernández dijo Leopoldo de Luis: fue como una flor en un peñasco no se volverá a repetir­-. Si antes hablaba de la importancia, del puñetazo que dió Dámaso Alonso, en la mesa de la generación del 27, los que asestaron Hernández, Celaya y Otero, -generación del 36, por nombrar algunos-,  con una poesía personalísima, comprometida, tremendamente viva y humanizadora, aun silva su eco entre nosotros. De esta generación en su vertiente impura dijo Ildefonso Manuel Gil, en el simposio de Syracuse, en 1968:

     “Quienes por entonces andábamos comenzando a escribir… Recibimos la influencia de toda aquella grandeza en el momento decisivo de la formación  de nuestra personalidad literaria…Nuestra participación en los hechos, a lo largo de 1930 y 1931, nos sacó del magisterio inmediato de la generación del 27, para llevarnos hacia Unamuno, hacia Antonio Machado, hacia Ortega, y nos apartó de la brillante y gozosa tentación del juego poético y literario, para acercarnos a la integridad del hombre de carne y hueso. Solidarios con éste, quisimos decir la verdad; responsables ante nuestra condición de escritores, quisimos decirla de la mejor manera posible.”

Esta generación supo ennoblecer la poesía, calar en el sentimiento humano, con una poesía más humanizada, frente al concepto de puritanismo. –Juan Ramón Jiménez dijo yo escribo como habla mi madre-. Estos poetas si que supieron escribir y sentir como habla el pueblo. Si en la generación del 27, de la mano de Vicente Aleixandre conquistó el 4 premio nobel de literatura para España, no fue menos la generación del 36, y de la mano de Camilo José Cela llegaría el 5 premio nobel.

 

 Una cosa no podemos omitir, refiriéndonos a estas dos generaciones, es el hecho de la contienda civil, no hay que olvidar que estas generaciones sufrieron los efectos violentos de la guerra, por lo que es normal que  tengan muchos puntos coincidentes a la hora de abordar y trasmitir la zozobra que se vivía. Coincido con los que dicen que la tragedia de la guerra civil, el dolor y la consiguiente pérdida de la democracia, creó un campo fértil para la poesía social, sin duda que ejerció cierto magnetismo sobre los poetas más comprometidos, incluso allende las fronteras. Pero una cosa no invalida la otra, y estas generaciones nos han dejado la poesía de más calado humano, profunda, comprometida, social y valiosa que se halla hecho en España.

     Después llegaría la generación del 50, los llamados hijos de la guerra, que siguieron el camino de sus predecesores cultivando  una poesía humana, social y solidaria, ésta ha sido una generación de poetas generosos y sufridores, asumieron el momento que les tocó vivir con una poesía conciliadora que tendió la mano a las dos Españas y supo denunciar la esclavitud del hombre subyugado al patrón y al temor, con un léxico accesible y coloquial.

     A finales de los sesenta y con aires de ruptura, llegarían de la mano de José María Castellet, la antología “Nueve novísimos poetas españoles”, -generación del setenta-, al principio parecía que iba  a ser la ruptura con lo heredado por parte de los más rebeldes, haciendo una poesía novedosa, lejos de sentimentalismos, enmarcada en ambientes refinados, haciendo exhibición de un bagaje cultural alto. Pero lejos de contagiar a sus coetáneos y expandir aquel modernismo del que hacían gala, esgrimiendo nuevos estilos, la realidad fue bien distinta y aquel amago modernista pronto quedaría ahogado en el intento. Sus autores con el paso de los años irían volviendo  a una realidad más sobria.

Hoy desde la distancia, lo que si podemos decir de esta generación, es que se produce una ligera difuminación de esa marcada línea de las dos vertientes, en referencia a la poesía pura e impura. Aunque  al principio se siguen haciendo visibles esas dos vertientes, son  bien distintas las entonaciones,  de un lado están los que buscan hacer una poesía más moderna y culta, -que bien podríamos llamar, poesía de autocomplacencia-, al otro lado están los que no comulgan con los postulados novísimos y continuaron haciendo una poesía más clásica, cultivando  el soneto y con ciertos tintes sociales.

 En su día, “José Olivio Jimenez, publicaba un artículo en la revista Ínsula, (número 288, 1970)  “nueva poesía española”, donde terminaba diciendo que la antología era “un episodio más de la juerga intelectual Barcelonesa”. También “Jiménez Martos hacía un  “panorama del año poético”  y lanzaba una punzante alusión a los jóvenes novísimos: el cernudismo, un tanto atenuado (cernudismo  blanco), así como la enseñanza de Pound y de su discípulo Eliot, junto con exquisiteces voluntariosamente decadentistas, ocuparán la orientación de algunos jóvenes poetas que, según se ha dicho y repetido quieren sustituir, han sustituido, la berza por el sándalo”.

      Cuarenta años más tarde son muchas las voces que se levantan en contra de la poesía que se ha venido  haciendo desde la muerte de Blas de Otero, -poesía pos Otero-. Hace unos días  en un acto literario decía Francisco Domene, “no he escuchado en todos estos mítines, discursos y protestas que desde el 15 M se vienen sucediendo ni una sola referencia a poetas u obras de estos últimos cuarenta años, y aunque en muchos casos se ha hecho una poesía literariamente correcta, esta ha resultado ser inútil y estéril”. Con el mismo tono se manifestaba Antonio Colinas, -uno de los poetas  afines a los novísimos-, en la entrevista realizada y publicada por Reinhard Human Mori, en el diario peruano Expreso, 2.IV.2010 y en la revista Ginebra Magnolia, 7-6-2011, donde dice en un pasaje de la entrevista: “Ya que estos años en España hemos tenido una poesía muy hueca, muy plana”.

     Escuchando las muchas voces que se levantan contra la poesía de estas últimas décadas y con la perspectiva  que nos da el tiempo trascurrido, lo que podemos percibir  de los novísimos, es que lejos de esa ruptura, o avance novedoso  que se anunciaba, lo que se produce es un estancamiento y la pérdida del camino que  trazaron y fueron evolucionando hacia una poesía más humanizada las generaciones precedentes y que como bien dice Juan Carlos Mestre, nunca se debió abandonar.

La generación  de los ochenta es conocida bajo el denominador común: “poesía de la experiencia”. Esta  generación, sin que se produzca una ruptura radical con la poesía que les precede, sí que va gestando una nueva forma de proyectar la poesía. Su sensibilidad lírica les acercará al sentir común de la contemporaneidad que les ha tocado.  Es una generación de autores muy disímiles  donde cada uno sigue su propio camino instintivo. A diferencia de los Novísimos que hacían gala de un exhibicionismo cultural y buscan en la metapoesía destilar el lenguaje a su más pura esencia. Éstos apuestan por lo cotidiano en un tono intimista y coloquial. En 1983, los poetas granadinos, Luis García Montero, Álvaro  Salvador y Javier Egea, -no comulgando con la generación que les precede, “los Novísimos”, ni con la etiqueta que les acuna bajo el umbral de “Poesía de la experiencia”-,  firmarán el manifiesto poético, “La otra sentimentalidad”, y defienden la necesidad de hacer una poesía más acorde a su tiempo, una poesía que no pierda el contacto con la voz de la calle y los sentimientos. En definitiva  se trataba de hacer una poesía más humanizada, con un léxico coloquial    que conecte con la colectividad. Estos poetas darán un paso atrás para apoyarse en las generaciones del 27, 36 y 50 tomando como guía los versos de Alberti, Gil de Biedma y Ángel González entre otros.          Cultivan una poesía de corte amoroso y aun que se interesan por la crítica social, ésta es ejercida casi siempre a través de artículos.

Treinta años más tarde,  ya en las generaciones presentes, Daniel Rodríguez Moya,  -generación 2000-, da un paso atrás para apoyarse en las mismas generaciones que en su día hicieron los firmantes de aquel manifiesto, “la otra sentimentalidad” y lo hace con mucha más contundencia y convención que lo hicieran sus paisanos, Daniel no quiere quedarse a medio gas y apuesta por una poesía que humanice y tome conciencia de la realidad del hoy. Bien sabe Daniel Rodríguez Moya que el poeta tiene el deber intransferible, moral y ético de ser el cronista social de su tiempo, el poeta no puede ignorar lo que sucede a su alrededor ni escribir de espaldas a la realidad. Se apoya Daniel en los versos de Dámaso Alonso, y vuelve  a rehumanizar la poesía con un verso de gran calado humano y social, poesía comprometida que ennoblece y dignifica.

En este arco de tiempo, la línea de las dos vertientes a las que he venido haciendo referencia, -poesía pura e impura-, a partir de los Novísimos se empieza a difuminar con una poesía – como dice Antonio Colinas- muy hueca, muy plana. Nos inunda estas últimas décadas una poesía de corte amoroso muy escorada al erotismo, poesía en muchos casos de autocomplacencia que no responde en nada al estado cronológico de nuestro tiempo. Pero cuando el poeta se interesa por el bien social, por la colectividad, por abordar los temas que preocupan al ser humano, ahí está la poesía impura, donde vuelven los poetas valientes que cantan desde las profundas oquedades del alma y donde vuelve Daniel Rodríguez Moya, con poemas como “La bestia”.

Fragmento del poema “La bestia”: Queda atrás Guatemala,/ Honduras, Nicaragua, El salvador,/ un corazón de tierra que late acelerado./ Las gentes congregadas muy cerca de la vía/ con un trago en la mano,/ el olor afritanga y a tortilla /como si fueran fiestas patronales,/ esperando el momento para subir primero,/ y no quedarse en el andén del polvo,/ montar sobre “la bestia”, en el “tren de la muerte”/ o esperar escondidos adelante,/ en los cañaverales,/ con un rumor inquieto./ Y esquivar a la migra/ para poder entrar/ en la parte delgada de los porcentajes,/ en el cuatro por ciento que, aseguran,/ llega al fin del trayecto más o menos con fuerza para cruzar el río./ Después habrá silencio durante todo el día,/ un silencio asfixiante,/ como un arco tensado que no escogió diana/ y una tristeza/ de funeral sin cuerpo/ y paz de cementerio./ Es mejor no pensar en las mutilaciones,/ en la muerte segura que hay detrás  de un despiste.   

 

El poema “La bestia” fué uno de los galardonados en los “premios del tren” 2010.

Pertenece al libro, “Las cosa que se dicen en voz baja”, editado por la editorial Visor 2013, con él que obtuvo  Daniel Rodríguez Moya, el ( XXXIX )  premio de poesía Ciudad de Burgos.

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