UNA NOCHE EN VALDEPEÑAS

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La ciudad adormece ante el estambre de perdidos casares

y brisas que tamizan con la niebla de otoño  el aroma del cilantro.

Todo llega en la niebla, el farol, la avenida y esas rojas tinajas

que encorchan la pureza vertical de sus calles.

Gritan los edificios, el transeúnte corre mientras baila la aurora

en la esfinge arabesca de un bronce milenario.

Años de esclavitud, de cultivada hazaña y noble pensamiento

redimen por las viejas bodegas que duermen al calor de un vino remansado.

La calle buensuceso, recuerda que es noviembre y los gatos

caminan como negros meteoros sobre el charol del agua

que busca las cunetas en su función y témpora de ríos plateados.

Es de noche y las muchachas gritan, vocean desde el atrio

solemne de un templo renacentista.

Llueve copiosamente y gime el agua al golpe del paraguas que sostienen

los labios como antorchas del deseo.

 

(AZUL ES EL COLOR DE LOS DESHEREDADOS)

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